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EL BIL-BIL SE PINTA DE COLORES
 


Y no de graffitti precisamente, colores que andan, que se contonean, que lucen maravillosamente, flores que sin frangancias van de un sitio para otro embriagando las miradas como si se mecieran por el blanco mármol y dejara escapar por lo ventanales árabes pensamientos de fiesta, pétalos imaginarios que forman parte de esas telas que lucen para Rueda las escogidas.

Ramillete de bellezas que posan ante el sultán del califato, una foto, una foto para la posteridad, y allí posan todas ellas mostrando sus cortes y coloridos haciendo un jardín primaveral y formando un ramo de sonrisas tras el éxito conseguido, a cuál más bonita.

Sobrar no sobra ninguno, hasta el perro que sin estar de corto, forma parte del séquito y da un toque inocente y natural sin pose buscada y sin mover la cola, despistado, sin mirar al objetivo, sin ni siquiera buscar el sitio privilegiado del roce y de la cercanía en el centro, lo suyo son otras cosas tal vez loco por buscar una marquesina en la que apoyar su pata.

Foto para enmarcar, foto para el recuerdo, foto para soñar, foto para colgar y poner en la pared más valorada del cortijo, para nunca olvidar ese momento majestuoso, tan cercano y tan distante a la vez perdido en un mundo imaginario en la que como en cualquier jardin no eres flor, sin caliz, sin corola ni priscilo, estás perdido.

Rueda la rueda, fluye los colores, ondean las flores en pasillos y patios que se llenan de murmullos, de sorpresas y de dulces sensaciones, el Bil-Bil resplandece tiembla y vibra, su corazón de nuevo palpita, revive.

Foto, foto para soñar, soñar despierto hasta el 2019 por lo menos y que más da, tiempo al tiempo, andares que acompasa la música, pasitos cortos que se alejan, rueda la rueda, faralaes, andando se hace camino, golpe a golpe verso a verso, golpe a golpe, como dice la canción.



M. Cruz